Restaurante Las Ruinas en ruinas, (valga la redundancia)

WIN_20150405_132409Hace a penas unos días que decidí salir con mi familia del bullicio de la capital, el humo de los almendrones, la humedad de sus paredes legendarias, la monotonía y unas cuantas cosas más que nos agobian a diario a la mayoría de los cubanos. Rápidamente me vino a la mente, el Parque Lenin, a las afueras de la ciudad y pulmón izquierdo o derecho de La Habana. Da lo mismo, lo importante es respirar.

Después de contemplar por más de dos horas la naturaleza y hacer algunas fotografías que alivian el estrés a cualquiera, decidí pasar por algunos centros de recreación y gastronómicos que encontré a mi paso bastante deteriorados por cierto. Pero mi mayor asombro fue al tropezar con el emblemático Restaurante Las Ruinas, del cual se escribe aun en nuestras guías turísticas que es un “…restaurante de lujo con muebles coloniales, lámparas de cristal emplomado al estilo art noveau, y grandes vitrales, donde se aprovechó la existencia de una casa ruinosa de más de 160 años, para formar un conjunto con prefabricados industrializados proyectada por Joaquín Galván y las estructuras diseñadas por el ingeniero Maximiliano Isoba…”

Nada de eso encontré en aquel lugar, que había visitado con anterioridad hacía más de diez años, cuando me hice acompañar con una delegación extranjera. En aquel momento sentí orgullo, hoy siento mucha pena.

Después de recorrer con detenimiento aquella joya arquitectónica, no tuve más opción que preguntar a una mujer, que sentada en el piso cuidando algo que se puede llamar baño y algo aburrida me dijo que el “restaurante lo están arreglando, ya está en planes para restaurarlo”. La misma pregunta de siempre me hice: ¿Por qué hay que esperar que las cosas se deterioren, si con mínimas sumas y de forma paulatina se pueden mantener? La respuesta es también siempre la misma. La centralización de todos los recursos y el casi nulo sentido de pertenencia a lo que nos rodea nos obligan a “esperar”.

Se decía hace unos años de este lugar, que el ambiente que se respiraba en el interior era verdaderamente mágico, entre los juegos realizados con las luces (que ya no existen), los antiguos muros cubiertos de vegetación y rejas oxidadas. Se decía que la temperatura interior se controlaba mediante la circulación forzada del aire, creaba una sensación de frescor que animaba al visitante a quedarse y disfrutar de los espacios y las terrazas. Este bello clima no lo vivimos por más de una hora, entre aquellos muros de concretos. La oscuridad, el olor a comida y la poca asistencia de público, no obliga a nadie a quedarse, incluso ni a quejarse.

Sentí pena por mis coterráneos, por los trabajadores del lugar, por los visitantes (que ahora se sientan a la mesa en pupitres escolares), por mi familia y por mi.

Por suerte para la cultura mundial y la de los cubanos en el espacio central y planta alta del Restaurante, aun predomina el cromatismo del espléndido vitral del pintor cubano Rene Portocarrero.

Los invito a corroborar lo escrito con nuestras fotografías.

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En la carta se deja leer. Moneda Nacional. Categoría Primera Especial.

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